MINI desea un feliz cumpleaños al Porsche 911

MINI desea un feliz cumpleaños al Porsche 911

En septiembre de 2013, el abanderado de los deportivos alemanes, el Porsche 911, cumplirá 50 años. Y entre las hordas de simpatizantes estará MINI, entre otras cosas porque su historia de modelos también incluye -en el Mini clásico- una obra de arte igualmente convincente caracterizada por una reticencia similar a abandonar la exuberancia de la juventud.

Puede que sean las diferencias fundamentales entre los dos coches (por ejemplo, el Mini tiene el motor en la parte delantera, el 911 en la trasera) las que dominan a primera vista. Pero también hay una serie de factores – más allá de su estatus de culto compartido – que confieren una especial empatía a la felicitación de cumpleaños de MINI.

Ambos modelos se dieron a conocer con un llamativo giro de velocidad. A finales de la austera década de los 50, el Mini era el nuevo y rompedor niño del barrio, generando unas cifras de ventas que imitaban la curva ascendente de su aceleración. El 911, como sucesor del Porsche 356, nació con la velocidad en la sangre.

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Sólo unos pocos coches pueden presumir de haber perdurado a lo largo de periodos de tiempo tan prolongados, conservando su inconfundible identidad a pesar de todos los retoques y actualizaciones que se han hecho por el camino.

Cuando se producen hitos importantes como un 50º aniversario, es tradicional echar la vista atrás para recordar la infancia del cumpleañero. Aunque el Mini y el Porsche 911 no sean coches que se comparen de forma instintiva, hay uno o dos aspectos llamativos de su historia que los han unido a lo largo del tiempo: un bautizo poco sencillo, por ejemplo. El 911 vino al mundo en 1963 inicialmente como el Porsche 901. Sin embargo, los derechos de utilizar un cero en medio de una denominación de tres dígitos ya habían sido adquiridos por el fabricante francés Peugeot. Por lo tanto, cuando este legendario deportivo llegó a la escena un año después, lo hizo como Porsche 911. Es poco probable que el uso del número uno para llenar el vacío fuera una coincidencia. Como es lógico, sigue siendo el nº 1 de su categoría hasta el día de hoy. El 911, en su séptima generación, ha vendido más de 800.000 unidades, una cifra que no está al alcance de ningún rival del segmento.

El Mini, en cambio, vio la luz como un gemelo. El 26 de agosto de 1959, la British Motor Corporation (BMC) dio a conocer los frutos de sus esfuerzos por desarrollar un nuevo y revolucionario coche pequeño, presentando al público no uno, sino dos nuevos modelos: el Morris Mini-Minor y el Austin Seven. Ahora todo el mundo sabe qué nombre fue el que finalmente se impuso. En cuanto a las cifras de ventas del Mini clásico: en el año 2000, cuando se bajó el telón de la producción, 5,3 millones de unidades del coche más vendido de Gran Bretaña habían encontrado hogar.

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Resulta tentador preguntarse cuán diferente habría sido la historia sin los creadores de estos dos exitosos coches. Ni Sir Alec Issigonis ni Ferdinand Alexander Porsche intuían que sus diseños llegarían a ser considerados iconos inmortales de los tiempos modernos. De hecho, habría que tener una bola de cristal muy clara para ver que Porsche acababa de soñar con el deportivo más exitoso de todos los tiempos e Issigonis con el «único coche pequeño y genial del mundo».

Los paralelismos no terminan ahí, ya que el Mini clásico y el Porsche 911 muestran una aversión similar a dormirse en los laureles. Ambos coches se esforzaron por mantener el pulso y apelar a la imaginación con más eficacia que sus rivales. No es que todas las modificaciones recibieran elogios universales: por ejemplo, el cambio de la refrigeración por aire a la refrigeración por agua en Porsche o el énfasis en el confort y el lujo del primer MINI fabricado por BMW. Sin embargo, estos dos pilares de la comunidad automovilística han continuado prosperando, con sus sólidos genes como base de un aspecto que sigue siendo muy fiel a sus respectivos originales. Las dos empresas también han demostrado una mentalidad abierta a la hora de añadir nuevos modelos a sus gamas, y un enfoque exitoso a la hora de ejecutar esos planes. En muchos aspectos, el Panamera y el Cayenne rompieron fronteras simbólicas similares a las del Countryman y el Paceman.

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Lo que no ha cambiado es el sentido «regio» del placer de conducir que ofrecen los coches de ambas marcas. En 1960, Lord Snowdon, entonces marido de la Princesa Margarita, utilizó su influencia para que su amigo Issigonis demostrara a la Reina Isabel el talento del pequeño coche. Instalándose al lado de Issigonis, Su Majestad permitió que el creador del Mini la condujera por los terrenos del castillo de Windsor. También hay un elemento casi real en la herencia de Porsche, aunque en la grafía de un apellido famoso y no en la persona del monarca británico; el 911 gris pizarra que condujo Steve McQueen en la película «Le Mans» -y que luego fue propiedad de la estrella de Hollywood- se ha ganado un merecido lugar en la eternidad automovilística.

El automovilismo ocupa un capítulo clave en la historia de Porsche y de Mini. El 911, en sus variantes de pista, es el coche de carreras más exitoso jamás construido. Prácticamente todas las carreras importantes han sido ganadas por un 911 en una u otra ocasión. Y ningún recuerdo de los años 60 puede estar completo sin las imágenes del MINI Cooper S rugiendo a la vista. El favorito de la vanguardia de los años sesenta no sólo fue un fenómeno en la carretera, sino que su victoria en el Rally de Montecarlo de 1963 en manos del piloto finlandés Rauno Aaltonen dio inicio a una racha de éxitos sin parangón en la escena del deporte del motor que alcanzó su punto álgido con tres victorias en el Monte en 1964, 1965 y 1967.

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Varias décadas más tarde, en 2010, David y Goliat se enfrentarían «de verdad» cuando Jim McDowell, el entonces máximo responsable de MINI en Estados Unidos, desafió a Porsche a una carrera en el circuito de Road Atlanta. La propuesta consistía en enfrentar a un MINI Cooper S de 184 CV con un Porsche 911 Carrera de 345 CV. Para que el enfrentamiento mereciera la pena, había que dar un giro: en lugar de utilizar el circuito completo para la carrera, los dos coches se enfrentarían en la pista interior más pequeña. Extremadamente estrecho y revirado, y carente de largas rectas, ofrecía un resquicio de luz al MINI con su insaciable apetito por las curvas. El 911 consiguió mantener una ventaja de unos dos segundos sobre su valiente contrincante, pero los expertos en pista calcularon que cada uno de esos segundos le costaría a un conductor de Porsche 38.000 dólares estadounidenses, dada la disparidad de los precios de compra. Y, para los fans de MINI, eso le quitó algo de hierro a su derrota en esta carrera no del todo seria.

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